La Cueva de los Cristales |
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by H de los Santos © 1995/2010 |
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Después, comprendió que los sabuesos de la muerte
lo debían andar buscando. Sintió la necesidad de ocul
tarse. Abriendo su campo mental lanzó lo que pudiera
llamarse un rayo en abanico y palpó las montañas
vecinas, hasta que encontró un lugar, semejante a una
caverna, donde quizás se podría ocultar. Hacia allá se
dirigió y encontró el lugar al anochecer. Pudo ver que
tenía condiciones para mantenerse allí durante unos
días, quizás semanas, que le hacían falta para encontrar
una nave que estuviera dispuesta a abandonar la Tierra. Durante esa larga noche, Willenhy se dedicó a crear huellas para que creyeran que él también había muerto junto con los suyos en la prisión, teleportando algunos huesos de hombre y algunas cenizas que encontró en un antiguo cementerio cercano a la caverna donde se escondió. De esta forma, creó un quinto cadáver en la mazmorra donde lo habían obligado a presenciar la tortura y la muerte de su esposa e hija, y aunque sabía que los sectarios investigarían genéticamente todos y cada uno de los cadáveres, consideró que le daba un poco más de tiempo, y quizás con un poco de suerte el análisis genético resultaría inconcluso. Una vez hecho esto, y con un cansancio terrible, trató de dormir, pero las imágenes se repetían constantemente, todo lo que había ocurrido en esos últimos días pasaba como una película ante sus ojos, y solamente cuando ya casi iba a amanecer, lo vencieron el sueño y el cansancio, pero su descanso estuvo poblado por terribles pesadillas que lo hicieron despertar gritando a las pocas horas. La horrible carga, la losa gigantesca que iba a cargar sobre sus hombros desde ese día, cayó sobre él en ese despertar. La noche y el día anterior, sumido en una especie de letargo por los sufrimientos y el dolor, no había logrado interiorizar la tragedia de lo que había ocurrido, pero el amanecer le trajo, junto con la percepción objetiva de la realidad, la convicción de lo inalterable de los hechos. Sentía que como inmenso paño negro lo sofocaba, quitándole la vida y las fuerzas. Varias horas pasó en este estado de agudisima depresión, y cuando parecía que ya iba a ser aplastado por estas tinieblas, un rayo de lo más profundo de su ser, rasgó esas penumbras haciendo que todas sus fuerzas psíquicas se concentraran para salir de ese pozo de amargura. Pronto, como el que sale de las profundidades del mar con el último aliento, Willenhy se recuperó de la desolación que lo había invadido al comprender que lo único que le quedaba era luchar. Dejar que la depresión lo venciera era lo mismo que poner las armas en las manos de sus enemigos, era entregar de nuevo a las torturas a su familia. Tenía que luchar para impedir que los sectarios pudieran llegar a tener el dominio del planeta, tenía que destruirlos. Al recuperarse, sintió curiosidad por investigar la cueva donde se había ocultado. Esta caverna se ramificaba hacia el interior de la montaña y cosa rara, no parecía haber sido explorada en tiempos recientes por los seres humanos. Encontró huellas de murciélagos y algunos depredadores de pequeño tamaño, pero nada que pudiera causarle daño. Tomó un descanso de unos minutos y logró concentrarse en ese sentido que los ciegos parecen desarrollar al máximo y que les permite desplazarse entre objetos que no ven. Cerrando los canales de la visión, dejó que este sentido casi táctil, le permitiera orientarse entre los túneles de la caverna. Despacio, para no caer en una grieta o en un pozo, Willenhy se fue adentrando cada vez más en la caverna que se dirigía insensiblemente hacia las profundidades de la montaña. La oscuridad era absoluta. No distinguía ni su propia mano puesta ante los ojos, pero su aumentado sentido táctil le permitía moverse por los intrincados laberintos de la caverna. Varias horas después, débil debido al esfuerzo y la falta de alimentación, Willenhy se dejó caer junto a una pared, permitiendo entonces que sus ojos recobraran toda su atención. Gracias a la gran oscuridad que lo rodeaba pudo distinguir un destello de luz que titilaba a lo lejos. Aunque la ansiedad de descubrir lo que brillaba a esta profundidad casi lo hizo salir corriendo, comprendió que corría gran riesgo de una caída o de algo peor, así que se obligó a descansar y manteniendo su mente en reposo, esperó que su energía PSI se recuperara. Una vez recuperado, se dirigió hacia el destello de luz que se había mantenido pulsando constantemente. Cada vez se acercaba más al origen de la luz, cuando, al distraerse por el rápido vuelo de un murciélago junto a su cara, cayó por uno de los temidos pozos, perdiendo el conocimiento en la caída. Pasado un tiempo y recobrada la conciencia se incorporó y pudo mirar a su alrededor. Mirar, porque la luz que había llamado su atención surgía de multitud de prismas de colores variados, que como infinitas estalactitas y estalagmitas, llenaban el salón de esta caverna. La luz del sol, que entraba por una alta hendidura en el lejano techo de la caverna se multiplicaba infinitamente en las facetas de los cristales, creando una sinfonía de colores que deslumbraba al científico. Willenhy se palpó el cuerpo, para ver si su caída le había roto algún hueso o causado algún daño. Se levantó dirigiéndose hacia el conglomerado más cercano de esos cristales. Los estudió detenidamente por un rato. Luego, tomando una roca del piso, quebró uno de los más delgados. El plano de fractura confirmó su análisis; era cuarzo, de una perfecta pureza y calidad que hubiera sido la alegría de los petromaniacos de los finales de la Era Sangrienta, cuando a fines del siglo XXI de la época del Hombre, los intereses de los hombres se ha bían vuelto a inclinar a lo esotérico y lo místico. En aquella época, los amantes de los misterios naturales habían llegado a la conclusión que los cuarzos lograban encauzar determinadas energías y un auge de venta de todo tipo de cuarzos había llegado al máximo. Resultaba inconcebible que esta caverna hubiera escapado a la búsqueda extensiva e intensiva de aquella época. Quizás la entrada se había abierto como resultado de los recientes terremotos y movimientos de las placas de la corteza terrestre. Fuera como fuera, allí se encontraba una vasta riqueza con la cual él no podía hacer nada, que no le podía ayudar en lo más mínimo a lograr sus objetivos. Willenhy, cansado de vagar, medio atontado por la caída, debilitado por la falta de alimentación y por los sufrimientos, se extendió a lo largo de uno de los más gruesos cristales y se sumió en profundo sueño. Muchas horas después despertó. El sueño había sido tranquilo y se sentía con fuerzas, lleno de energías y hasta algo optimista con respecto al futuro. A pesar de no haber comido en muchas horas, se sentía fuerte y con energía, como si acabara de salir de un electrobaño, cargado de electricidad y tal parecía que de las puntas de sus dedos surgían finos relámpagos. Willenhy se acercó al cuarzo gigante junto al cual había dormido. Al acercar su mano para tocarlo, un vibrante sonido, como un gong que reverberara a lo lejos, siguió inmediato a su contacto con el cristal pero cesó con la misma rapidez cuando se alejó, aunque su eco resonaba aún en la caverna como si los cristales adyacentes recrearan el sonido. Otra vez más Willenhy acercó su mano al cristal y nuevamente el grave sonido del gong se dejó escuchar. No había otra explicación más, este sonido surgía realmente del propio cristal cuando entraba en contacto con Willenhy. Para comprobar mejor esta tesis, Willenhy tocó el cristal con cuanto objeto encontró, otro pedazo de roca, la punta de su zapato, la hebilla de su cinturón. Pero solamente cuando la mano del hombre entraba en contacto con el cuarzo era que se generaba ese profundo y resonante sonido: Gooong. Decididamente, el científico situó su mano sobre el cuarzo, y el cristal comenzó a vibrar, más fuertemente cada vez, generando el sonido ampliado, cada vez más, más fuerte, haciendo que las paredes de la caverna resonaran, hasta que todos los cristales de la caverna vibraron, emitiendo sonidos, algunos más graves, otros más agudos, pero la gigantesca sinfonía era producida por todos los cristales de la caverna con una magnitud casi insostenible para el ser humano que participaba de aquello. De pronto, tras los sonidos vinieron a sumarse imágenes, relámpagos de visiones, algo que no podía ser más que el vacío del cosmos, con las distantes estrellas brillando sin destellos, objetos que hubieran podido ser planetas, mundos, o quizás aerolitos, y luego, tan rápidamente que quedaba la duda de si en realidad había visto algo; imágenes de un lugar totalmente desconocido, un paisaje extraterrestre, una flora y una fauna desconocida. Imágenes de otro mundo que pudiera transmitir un viajero en el espacio cósmico. Y por último vio, en la inmensidad del cosmos, una multitud, una infinidad de cristales como los de la caverna, pero mayores, con una geometría diferente, con colores nunca vistos por los seres humanos, y junto a esta visión, una emisión de sonidos abrumadores, suprahumanos. Cuando Willenhy volvió a abrir los ojos, un grito de asombro casi se escapó de su boca. Ya no se encontraba en la caverna, todo lo que parecía constituir aquella increíble experiencia había desaparecido. Se hallaba en una habitación pequeña. Extraños sonidos pasaban a través de las acolchadas paredes y los muebles fijos al piso y la pared de la habitación le dieron la idea de dónde se hallaba, pero ¿cómo había llegado allí? Y ¿a dónde se dirigía esa nave? |
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